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10 mar 2015

un martes.



En ese momento tienes ganas de encontrar un motivo federativo que explique el comportamiento de mierda que adoptas la mitad del tiempo y le echas la culpa a tu falta de empatía. Te acabas de formular el concepto y no te parece tan mal, te suena chévere. Cuando llegas a la casa escribes un párrafo al respecto y te vas dando cuenta que no tienes nada más que contribuir, guardas el Word en alguna carpeta de nomenclatura dudosa porque te dices que algún día le encontrarás puesto en alguna de tus historias.

Es ahí que te entra la curiosidad de ver qué es lo que hay en la famosa carpeta y la abres. Ordenas los archivos por fecha y abres el último documento. Nah, ese no entra en el juego. Siguiente. Título Route barée. Querías escribir sobre esa vez que te acostaste con fulano. Última frase:

 Y es que es un acto cuyos orígenes no consigo aprehender totalmente.

Voilà, yo qué dije. Seguramente todo remonta a tu falta de empatía. 

14 may 2012

una bajada en bicicleta.

Ayer en la tarde salí a dar la vuelta en bicicleta de los domingos-por-la-tarde-cuando-hace-sol-y-en-casa-viendo-una-película-quedarte-no-quieres.

Ahora que vivo en la ciudad más plana de este país el pedaleo primaveral es puro placer, sobretodo al llegar a la «colina» (en cuya cima, sea dicho de paso, se encuentra el supermercado desde el cual llevo como buen cargador el triple de mi peso en abastos invernales). Bajando esa colina por la calle vacía solté los pedales y simplemente me dejé ir. Y con el retumbar del corazón un destello de la memoria me recordó cuando iba a Ibarra con mi mejor amiga de infancia.
 
Dos horas de carretera jugando a la ley de la curva, gritando y cantando y llevando la paciencia de los padres al límite. El silencio del paisaje seco de Quito a Ibarra escondía atardeceres azul rey y zorros escurridizos que hacían crujir las ramas que cuidaban las santas vírgenes, y a veces uno que otro platillo volador.

Al llegar a la casa dormíamos en una cabaña a parte, encendíamos fósforos y comíamos ají como los peores crímenes del mundo. Jugábamos en el baño ensuciando todas las toallas y contábamos historias de terror para nunca dormir.

Los días estaban llenos de caballos y paseos y botas de caucho pesadas de lodo oloroso, de piscinas verdosas y aguas heladas sabor a menta, de gatitos recién nacidos, de perros tristes o rabiosos, babosas secas de sal y gallinas que sudaban la gota gorda para subirse a las ramas bajas a dormir.


Y claro, las bicicletas. Habré de haber tenido 6 o 7 años, talvez un poco más. Apenas me acuerdo de lo que viví, quedaron simples episodios e imágenes que me hacen reír. Y sonreír. Las bajadas enloquecidas en bicicleta en medio del campo, de los grillos chirriando en el aire fresco de los Andes. La travesura palpitante de la felicidad pura.

A lomo de bicicleta.

Nox.

imagen: unattended by bettyhorror.deviantart.com

14 feb 2012

Le vi, andaba sonriendo por ahí...

Esta es una nota post-mortem frente a una realización que recuerdo con algo cercano al cariño en esta amigable noche de invierno.

Hace ya un par de meses, me llegó una invitación automática para unirme a LinkedIn (sí, ahora soy suficientemente vieja para tener un perfil a mitad vacío y...un contacto!). La invitación venía del Spica, porque mi correo electrónico seguía en su lista de contactos (lo cual no tiene nada de extraño, yo nunca he hecho una limpieza de los contactos hotmail). De todas maneras, esto es simplemente el contexto y sus detalles no importan.

Así pues, me uní a su red, esperando encontrar algo en su perfil que responda a mis curiosidades básicas.
Y abro su foto de perfil. Ahí estaba. El mismo cabello que yo amé, la misma frente ancha, la misma boca, la forma acorazonada del rostro que durante tanto tiempo gasté en mi memoria. Pero desde el fondo de su mirada digitalizada, no había nada para mi. Nada que yo pudiese reconocer. Nada que dijera "Soy Spica, y aquí estoy".

Y lo único que me pude decir, a solas en mi casa frente a la frialdad de esa mirada que desconozco, fue "Guau. Yo amé a ese hombre". Y me invadió una auténtica tristeza.Y sí. Debo admitir que ha pasado mucho tiempo (terminó así) y que para ese entonces era mucho más joven y ya no soy la misma, pero yo creía en él, en nosotros. Creía en esas posibilidades.

Sigo creyendo que todo es posible. Y si bien no he aprendido a olvidar y dudo que alguna vez lo consiga, sé que nunca más pensaré en él a la hora del té. Ni a ninguna otra hora. Estoy anestesiada de él para siempre. Creo que es esto a lo que llaman "olvidar". Pero es un mal uso de la palabra. Estas cosas no se olvidan nunca. Simplemente dejan de doler.

El invierno te tiene apretada hasta la fibra mujer,
mientras caminas contra el viento.
Ego al aire, ego al frío, campanadas de la muerte.

Nox.

27 nov 2011

Typewriter

No tengo nada que ofrecerte fuera de mis propias preguntas y los subsiguientes intentos de respuesta que nunca salen de mi boca porque, oh dios, quien sabe que reacción provocase con esas palabras. Son hermosas mentiras que creo para mí misma cuando me entran ganas, son diálogos que se desarrollan en mi cabeza como cuando era pequeña y jugaba con las muñecas, son imágenes de esas bellísimas que te hacen llorar al final de las películas aunque no sabes bien cómo fue que tocaron lo profundo de tu corazón, son de esas cosas que suceden porque sí, porque en el frenesí irrefrenable de la escritura me pierdo como en un sueño en las historias que invento y al oír tu voz, que escucho chiquita y lejana, me salgo del trance dulce y luminoso en el que me encuentro, apagando el sonido de mis uñas que rascan el teclado produciendo esa musiquita que de seguro detestas.

Y así, nos encontramos cara a cara, ambos sentados, distanciados por uno o dos metros, y te regalo una sonrisa algo automática, a pesar de que intento guardar la misma expresión que tenía hace un par de segundos. Pero la corriente se dispersa si le retiras tu atención, y ahora mis orejas te apuntan a ti, y mi nariz, y mis dientes que yo no he querido mostrarte intencionalmente, así que dejo de sonreír y regreso a la pantalla, leo lo último que escribí, doy una miradita por la ventana, y luego te miro a ti, obviamente tú ya estás concentrado de nuevo y por un par de segundos tengo la impresión de ser invisible en una habitación gigante.  

Un cuento de invisibles

Busco un nombre que corresponda. Claudia. A Claudia le gustaba, de niña, jugar sola a las escondidas. Entraba en su armario y se quedaba de cuclillas largo rato, hasta que las rodillas le dolían y las piernas le quedaban entumecidas. Salía entonces de su posición de prisionera y jugaba con lo primero que encontrase. Estando en la penumbra incómoda del armario, se sentía muy a gusto. Era muy niña y no le tenía miedo aún a la oscuridad ni a las arañas. A Claudia le gustaba mirar directamente al sol, aunque repetidamente le advirtiesen que se iba a dañar los ojos, porque después todo era verde y amarilloso y se sentía un poco mareada y fuera de su cabeza. Igual que cuando salía del armario. Sus ojitos tardaban en acostumbrarse a la luz y por un instante todo en su percepción era brillante, luminoso, y se sentía un poco mareada y fuera de su cabeza...

Te miro de nuevo, pero ya no estoy.

Gracias a Kerouac, este es mi post número 100, y pienso que ameritaba un cambio de aspecto del blog. Voilà
Nox.

Eventualmente.

21 mar 2011

Balde.

Si meto mis manos en la inmundicia, es igualmente inválido pensar que con su hedor me infecto que con mi pretendida pequeña parte de pureza la disolveré así sea un poquito.

Alrededor de mí escasos son los que muestran su sentir, y parecen ser granitos de polvo a los ojos de quien los mira. Porqué esas miradas que se restriegan, esas miradas vacilantes, buscan desesperadamente la vista de la muerte? Acaso-----y yo?

Escucho el simple cantar de los mirlos de la nueva primavera y mi mirar se torna hacia el sol, hacia mi rojizo interior y su percepción limitada. Bajo esas alas y esos picos cuyo color se parece a mis adentros habrá cosas que mi boca nunca podrá pronunciar. Quisiera creer que solamente conozco a la muerte por la poesía. Premisa adoptada.

Cómo les cuesta demostrar el silencio en la frialdad (será que solo saben ser ingenuos?). Cómo me cuesta decir el nosotros.

Mis ojos parecen cerrados pero tengo párpados que se abren para adentro y con sus pestañas me hago cosquillas. Y, como cuando lo hacen para afuera, a lo que se abren es a la sorpresa del descubrimiento de mi ceguera. [Para qué quiero ver si con mis pestañas puedo hacer reír al viento?] Quisiera escribir poemas sin ojos pero sin frialdad, sin oscuridad. [Quiero al páramo porque en su neblina somos un solo velo de mil capas que no se pueden arrugar.]

El barquero ya no sabrá llevarme a dónde vine, y ya que nunca regresaré, quiero aprender a olvidar. Cuando venga un reflejo antiguo en una corriente en la faz del agua junto al reflejo de cisnes y estrellas y mi cabello que, quién sabe, talvez para ese entonces será un montón de serpientes silbantes con ojos de acuarela, me reiré con gusto y gárgaras para limpiar la memoria y disfrutar de la limpia nostalgia. Un vaso de leche con melancolía.

El mundo me marca con agujitas de todos los colores pero las marcas en mi piel parecen ser todas iguales. Tengo un sentir daltónico al que a veces le pongo lentes contra el vicio dualista.

De entre mis dientes sale el viento de este día, de este lápiz se construyeron las rieles para un tren que no pasará más por ese lugar. Y yo, me acuesto en los durmientes.

7th - Movement #2 - Allegretto by Beethoven on Grooveshark

Nox. Y Beethoven.

20 may 2010

imagenación

En algún momento tuve la sensación que la sombra que daban las hojas recién nacidas era azul. Troncos de proporciones estelares. Suavidad escurriendo por las raíces de los árboles.

A la espera descienden ramas de mi vientre.

[Leer poesía es, a veces, como sentarse a observar fotografías de profundidades abismales. Una imagen y sus peligrosas sinestesias, luego otra. Y entreimageneimagen descansa un universo esperando su turno]

Nox.

Believe Me by Sol Invictus on Grooveshark

16 ene 2010

Stream o c

Fluir, subir, retroceder, revolverse.

Que hagan lo que quieran. Lo que no puede hacer es obligarse a detenerlos.

Los pensamientos emergen sin que nadie los llame, y ella los presencia, dejándose llevar por la corriente, sin verle el lado práctico, útil, casi necesario de cortar el flujo y rescatar una o dos ideas del naufragio. Para qué darles respiración boca a boca sobre la virginidad del papel?

Una palabra nueva. Una excéntrica metáfora. La frase que quiere tener en su boca cuando lo bese. Se da cuenta de que todos no siempre llaman al 911 para ser salvados. Entonces, para qué levantar el auricular cuando no suena?

Escribir se ha vuelto cada vez más difícil. No puedo arriesgarme a que se me escapen. Se decía.

No hay riesgos ni escapatorias. Se acuesta en la penumbra de la habitación, boca arriba sobre la cama. Tiene frío en los pies, pero se queda donde está.

En las paredes aparecen suavemente las luces y las sombras de su cabeza. Cierra los ojos, primero el derecho, luego el izquierdo, finalmente el último. Tiene la boca un poco seca. Desiertos y faraones. La desalerta onírica aumenta a medida que palidece la conciencia. Y ahora duerme.

Ronrroneo espasmódico. Silencio susurrante. Lluvia de sinfonías encaminándose hacia los apagones. Y ahora silencio lleno.

Nox.

Imagen: "Stream" by bexa.deviantart.com

10 sept 2009

La historia del niño ahogado

Hace un par de semanas, a finales de agosto, soñé que me encontraba en el medio del mar, azul y turquesa de arenas blancas. Estaba parada en el agua, y junto a mí, estaba el Spica cuando era niño, nadando en círculos frente a mí. De cuando en cuando, se hundía violentamente en el agua tranquila como si algo lo jalara por un pie, y empezaba a ahogarse angustiosamente. Entonces me acercaba yo y lo llevaba a la superficie, tomándolo firmemente por un brazo. La escena se repitió innumerables veces, y yo seguí sacándolo del agua, siguiendo un instinto que no me cansaba.

He tenido ese sueño tres veces más desde entonces. La última fue ayer. Pero esta vez, sabiendo que debía hacer algo para que el sueño no conquistara mis noches, hice el mayor esfuerzo de conciencia que pude.

Y lo dejé ahogarse. Recuerdo haber llorado mientras lo miraba agitarse bajo el agua clara, pero me quedé parada donde estaba. El mar comenzó a tornarse verde, el niño perdía las fuerzas bajo el agua. Entonces las burbujas cesaron, y sangre empezó a subir a la superficie, a dispersarse oscura y espesa hasta el lugar en el que yo estaba.
Me sumergí, agitada por el miedo y la adrenalina. Todo desaparecía y se volvía luz blanca.

Es la primera vez que me siento morir en un sueño.

Nox.

23 ago 2009

El acuario

Una tarde tranquila de sábado, ambientada por el brillo cálido del sol a las cuatro de la tarde. El shinigami da vueltas como siempre en su pecera, luciendo soberbiamente sus aletas y deteniéndose de cuando en cuando para mirarme. Shinigami. Un nombre tan poderoso hizo de mi pez un asesino.
Eso no detiene el arrebato de ternura en el que tomo su reino de cristal entre mis manos para ponerlo sobre mi regazo. Lo observo largo rato, sin dejar de sorprenderme por la belleza y la cadencia de sus movimientos. Entonces me guiña un ojo. Yo le guiño de vuelta. Me invita a seguirlo. Meto la cabeza en la pecera y suavemente me dejo caer en su interior, intentando no perder de vista el camino que me señala el shinigami. Lo sigo largo rato, sintiendo sobre mi piel desnuda la caricia de la corriente.
Aparece una puerta. Al cruzarla el agua desaparece, y sobre mi piel seca se teje un vestido azul profundo. Estoy en el pasillo de un acuario, extasiada por la singularidad de cada una de las criaturas que desfilan a mi alrededor. Me detengo a observar la enorme mantarraya, y sonrío al imaginar la sensación de su piel lisa y tensa. La mantarraya se levanta lentamente y se aleja de mí con cierta dulzura, dejando al descubierto un cuerpo conocido inerte en sobre la arena, tendido boca abajo.

Tenías los ojos abiertos y no dejabas de mirarme. Las anguilas vinieron a cubrir tu cuerpo nuevamente, y cuando se alejaron vinieron las anémonas, y las medusas, y luego las tortugas. Cuando llegaron las centollas me sonreíste y cerraste los ojos. Los hilos de sangre que emanaban de tu cuerpo se retorcían en el agua, y llegaron hasta el lugar en el que estaba yo, del otro lado del cristal, que se trizaba a su tacto.
Otra vez secuestrada en el imperio de mis propios sueños?

Nox.

2 jul 2009

De la fatalidad de la foto de la cédula de identidad

Se me hace muy extraño volver. Quito es como la recuerdo y al mismo tiempo ha cambiado de cara. Salgo de la casa con curiosidad y miedo al mismo tiempo. Pero entre más pasan los días esa sensación se calma...eventualmente desaparecerá.

Lo que no ha cambiado entre el acá y el allá es la monarquía absolutista de mis sueños.

Había una casa larga, rectangular, en donde habían solamente tres cuartos, uno al lado del otro. El primero era mío, el segundo estaba vacío, y en el tercero había un caballo, negro, brillante, con un matiz azulado en los ojos. Había una fiesta, en dónde estábamos tres personas: el Alicanto, yo, y un otro tipo. Nos emborrachábamos toda la noche en el primer cuarto, y mientras lo hacíamos, el caballo se salía de control en el tercero, embistiendo las paredes y saltando descontroladamente por todos lados. Decidimos irnos a dormir, y nos acomodamos los tres en la cama. El Alicanto se quedó dormido, y el otro tipo y yo nos quedamos hablando. Luego se quedó dormido, el Alicanto abrió los ojos y entendí que quería que salgamos de allí. Al levantarnos, el otro tipo salió de la cama y se fue corriendo al cuarto donde estaba el caballo, y lo escuchamos gritar. El Alicanto y yo llegamos. Él y el caballo estaban convulsionando en el suelo, con los ojos en blanco y vapor emergiendo de sus cuerpos.
Nox.