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4 may 2014

Pistolitas

Admirar las estrellas entre dos postes de luz
«porque esto no va a durar para siempre».
Engordar y vivir, borracha de sangría y de esperas,
en el lindero del amanecer de carne y agua.
Heme aquí deshaciendo los listones azules de nuestra noche de estrellas apagadas,
adornada para ti y para nadie.
Entretanto he alumbrado al ojiazul, y al panzón, y al barbudo
he perdido mi paraguas y mis medias
y te espero, quieta, alerta y borracha
descalza en el asfalto para mirar las estrellas entre dos postes de luz
«porque esto no va a durar para siempre»
disparando en pupos ajenos a mi deseo el jugo cósmico que juntaba para ti
porque tuvimos el lugar, perdimos la hora
son las 4:57 y estoy mirando las estrellas
y borracha
y te espero
y no tengo medias ni medios
he llamado en la penumbra a tu inicial mántrica para que duerma conmigo los domingos
pero no sos vos, toc toc, no estás,
ya tú invocarás tus propios ángeles cuando amanezca
y yo dormiré adornada entre ojiazules y panzones
jugando a las pistolitas y a los lisiados y a los deseados
querido tú
te quiero
je te veux
dónde estás, pendejo
yo he reservado nuestro puesto en primera fila para esta aurora
entre dos postes de luz
«porque esto no va a durar para siempre».

24 nov 2013

cinco en punto.

Estar sola dentro de sí como si todos los días fuesen domingo.
Enmudecer los espacios con un cigarrillo, queriendo apretar a mano limpia la membrana de los instantes.
Sentirse tan sola que poco a poco una se agrada más.
Recordar la última vez que dolió y agradarse menos.

Salir a la calle esperando que el frío amortigüe. Aguantarse las ganas. 
Mirarse al espejo desnuda a media tarde y detener la fuga perpetua.
Estar sola y abrazarse el alma.
Y luego ver la hora hasta que se caigan los ojos.

Sentirse sola lavando los platos y sacando la basura y en la fila del supermercado.
Morirse de amor como se muere de hambre.
Tener ganas de explotar como un molusco que recoge con tentáculos las migas que esperan por caer.
Tener ganas de sentarse en algún lado y esperar,
doblando papelitos que alguien venga a recoger,
durmiendo en un cesto que derive a alguna orilla,
incendiando la desidia con promesas,
y decirse, a fin de cuentas,
que los huesos no son compost ni el corazón milhojas,
y que sola, para detener el reloj, basta no darle cuerda.

Soledad de las cinco en punto.


 

14 may 2012

una bajada en bicicleta.

Ayer en la tarde salí a dar la vuelta en bicicleta de los domingos-por-la-tarde-cuando-hace-sol-y-en-casa-viendo-una-película-quedarte-no-quieres.

Ahora que vivo en la ciudad más plana de este país el pedaleo primaveral es puro placer, sobretodo al llegar a la «colina» (en cuya cima, sea dicho de paso, se encuentra el supermercado desde el cual llevo como buen cargador el triple de mi peso en abastos invernales). Bajando esa colina por la calle vacía solté los pedales y simplemente me dejé ir. Y con el retumbar del corazón un destello de la memoria me recordó cuando iba a Ibarra con mi mejor amiga de infancia.
 
Dos horas de carretera jugando a la ley de la curva, gritando y cantando y llevando la paciencia de los padres al límite. El silencio del paisaje seco de Quito a Ibarra escondía atardeceres azul rey y zorros escurridizos que hacían crujir las ramas que cuidaban las santas vírgenes, y a veces uno que otro platillo volador.

Al llegar a la casa dormíamos en una cabaña a parte, encendíamos fósforos y comíamos ají como los peores crímenes del mundo. Jugábamos en el baño ensuciando todas las toallas y contábamos historias de terror para nunca dormir.

Los días estaban llenos de caballos y paseos y botas de caucho pesadas de lodo oloroso, de piscinas verdosas y aguas heladas sabor a menta, de gatitos recién nacidos, de perros tristes o rabiosos, babosas secas de sal y gallinas que sudaban la gota gorda para subirse a las ramas bajas a dormir.


Y claro, las bicicletas. Habré de haber tenido 6 o 7 años, talvez un poco más. Apenas me acuerdo de lo que viví, quedaron simples episodios e imágenes que me hacen reír. Y sonreír. Las bajadas enloquecidas en bicicleta en medio del campo, de los grillos chirriando en el aire fresco de los Andes. La travesura palpitante de la felicidad pura.

A lomo de bicicleta.

Nox.

imagen: unattended by bettyhorror.deviantart.com

3 ago 2009

Cada vez que cometo un error me quedo horas sin valentía.


Tengo la sensación de haber perdido mi esencia. En fin...

La Ziz me lo advirtió. Y no le hice caso.

Y ahora estoy aquí pero no sé en donde. La única certeza que me queda es que la respuesta es no. Pero, cúal era la pregunta?

Siempre es la misma cosa. Sabes sin saber.

Algo que noté hoy día es que la tristeza se borra con más tristeza. En el silencio de una pena la otra parece desvanecerse. Aunque siempre vuelve.

Es la continuación de un llanto que hace mucho no se calla. Las lágrimas responden a la llamada del dolor del instante, y llaman a los del pasado, y nunca se acaba mientras tú quieres que sea así.

Pero en el limbo elástico en el que estoy ahora no tengo ganas de llorar. Quiero que éste domingo dure mucho más, no quiero entrar al lunes. Quiero abrigarme en la neblina de las madrugadas quiteñas y esperar.

Sur le fil by Yann Tiersen on Grooveshark

Necesito ir al mar. Entro en las olas cuando el sol comienza a perderse y la gente se borra de la playa. Sólo el mar y yo. De pie entre las olas y con los brazos abiertos, me dejo golpear por el agua y la espuma fría. El mar me cura y me castiga. Es lo que más necesito ahora.

Cada vez que cometo un error me quedo horas sin valentía. Gallina total. Esta es una de esas veces.

Nox.
Imagen: "Girl who lost her soul" by redfraction.deviantart.com

25 may 2009

Derretirse

Domingo, padre de todos los días de la semana. El fin y el comienzo de las buenas cosas. Es el día perfecto para que me ocurran bizarrerías.

El aire caliente subía pesadamente, entrando por las ventanas, llenándome los pulmones con su espesor meloso. Como se me ha hecho costumbre estos días, me fui a llenar un vaso con hielo para morderlos mientras cumplo mi cuota de estudio frente al computador hirviente. Primer cubo a la boca. Su superficie áspera se me pegó a la lengua, antes de que el frío intenso me golpeara el paladar. Cerré los ojos, disfrutando la sensación placentera del hielo que a la vez resultaba terriblemente incómoda, casi cruel dentro de mi boca.

Vi una ventana enorme, hecha de luz. Estaba parada descalza frente a ella, vistiendo una túnica azul, y los vidrios se abrían. Aparecía un par de labios gigantes, rojo carmesí, que no había visto en el rostro de nadie antes. Sentía como si me miraran profunda y detalladamente, y tengo la impresión de que me observaron durante largo rato. La fuerza de esa mirada era tan potente que yo no podía bajar ni cerrar los ojos, que lagrimeaban para poder mantenerse abiertos. Entonces los labios se abrían, y me decían algo en un idioma que no conozco pero que entendí. Sabía exactamente lo que quería responderle. Pero no podía abrir la boca para hablar. Los labios carmesí perdieron la paciencia y se exasperaron, pero yo escuchaba mi voz limpia y clara dentro de mi cabeza aunque no la pudiera producir. Cada intento de formar una palabra resultaba en el sonido de un vidrio roto. Los labios comenzaron a contorsionarse en todos los sentidos, me aterraba, me callé. Entonces los labios se calmaron, y dibujaron una sonrisa que me provocó ganas de llorar, pero me contuve. Los labios comenzaron a hincharse, a hervir, y explotaron salpicando por todos lados petróleo caliente, que dejaba marcas en el suelo y me hacía huecos en la ropa...El cubo de hielo dentro de mi boca se había derretido por completo.

Un rato después una golondrina se metió a mi apartamento, así que me ocupé un buen momento en sacarla. Una vez la eventualidad resuelta, me volví a sentar en el mismo lugar. Segundo cubo a la boca. Lo sentí desde el momento en que llevé el vaso a mis labios, en el pequeño instante en el que respiras el aire que está dentro de él. Rompí el cubo con los dientes, petrificada. Me lo tragué lo más rápido que pude. Y no me comido nada desde entonces. El hielo sabía inequívocamente a sangre.

Domingo, el principio y el fin.

Nox.