Las puertas están cerradas.
Son altas y de madera, incrustadas con clavos como esas puertas que guardan a los santos.
Están cerradas por dentro y arropadas en un cuerpo humano.
No hay quién las abra.
No existe contaminación alguna.
Nadie intenta tocar las puertas, y nadie pretende desde adentro abrirlas.
A veces hay quiénes distinguen las puertas y las admiran, y se les responde con cariño silencioso, pero sin más.
Una o dos veces se presenta la ocasión de volver a abrir las puertas, pero los intentos son abortados por causas exteriores.
Por curiosidad o inadvertencia, un día se envía una misión para abrir las puertas sin que éstas se enteren.
Se establece una conexión inmaterial con las puertas.
La portadora de las puertas siente en el pecho un efecto paranormal.
Se envía un comando verbal dirigido a las entrañas que arropan las puertas.
Un ábrete-sésamo prosódico.
La portadora se da cuenta del intento de incendiar las puertas.
No hay respuesta.
Las puertas desaparecen de la vista.
Se envía un grupo de mineros con sus linternas.
Las puertas se hunden en lo profundo y borran sus huellas.
Se busca a las puertas día y noche usando un detector de metal.
Se las encuentra una tarde por distracción de la portadora.
Está sentada junto a un canal y bosteza.
Para este año he tomado más resoluciones que nunca, pues terminó estrepitosamente y los bombos y platillos brillaron por su ausencia.
¡Que regrese la hegemonía del sentir ecléctico!
Invoco la pureza y la humildad, la simpleza de la mirada poética, la sinceridad del frío invernal, el desdoblamiento del viento y la vida escondida de los granos. Y no tocaré a la puerta de los que no quieran ser invocados. Y los invito a que dejen que algo dentro de ustedes estalle como en la apertura que compuso Tchaikovsky hace dos siglos, con cañones y todas las de ley.
La tormenta terminó hace poco, pero la lluvia continúa, ligera e impasible, nublando la vista de la montaña. El viento era tan fuerte entre los rayos y truenos que daba la impresión que la lluvia caía horizontalmente.
Esta tarde penumbrosa me he pasado mirando el techo, dejando libre fluir a mis pensamientos. Las horas han pasado y me encuentro con una sensación agridulce, desasosiegodulce, desde hace casi dos meses que no escribo, desde hace casi dos meses que no estás, me siento vencida por mi propia vulnerabilidad, tumbada como un pesado pedazo de carne inerte.
Levante la mano el que a los veinte tiene la sensación de haber cometido errores que le joderán la vida para siempre.
Salgo a pasear por las calles, dejando que mis pies me lleven por paisajes laberínticos, con el sol acariciándome la nuca. Susurran los profetas por debajo de la tierra y en el canto de las aves, escúchalos! Los secretos emergen de sus escondites.
Extrañar es un acto cambiante, inestable, camaleónico. Siempre con velocidades distintas, sentidos distintos, fuerzas distintas. Azul profundo y revuelto en algún lugar del tiempo, contemplando en los espejos caminantes el reflejo de las estrellas que llueven sobre sus pestañas.