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4 abr 2011

Mar adentro


Soy una estrella de mar
mar
mar
Una estrella de mar
De martes a viernes
Y el resto una mujer en el olvido eterno,
Dormilona en la constelación de la licuadora.
Soy una estrella de mar
Y si me cortas un brazo
Me vuelve a crecer porque es primavera.
Mi mantarraya tiene barba roja
Y olor de otoño marino.
Y entre la mantarraya y yo,
El mar.
Adentro.

imagen: Edward Weston

13 abr 2010

Ahora, lo de dentro.

Paraísos perlados.
Secuestrada voluntariamente en un mundo nacarado al que se entra solamente si volteo los ojos hacia atrás.
¡Qué bueno que los ojos no olvidan lo que brilla!
Coros cantan.
Me traga la tierra y me llena la boca de cristales salados.
Vengo del mar, venimos del mar, y a veces se nos escapa en el sudor o en el llanto.
Abstracción de sonidos y de letras,
Palabras que no tienen hilos ni fueron bordadas por nadie.

Fuego sobre el tejado.
Lluvia en la habitación. Seguramente la misma que se detiene en tus días.
Laberintos de hojas plateadas, danzas con el viento.

Cabeza perpetuamente llena o perpetuamente vacía.
Pulmones de tabaco y dedos de papel.
Ganas de sonreír, y a veces ganas de permanecer seria.
Agito un rompecabezas en su caja y al abrirlo la mayoría de las piezas ya han encajado solas.
Nostalgia y melancolía ronrroneantes, basta acariciarlas y adormecerlas.

Y la lluvia que sigue cayendo en la habitación.

10 sept 2009

La historia del niño ahogado

Hace un par de semanas, a finales de agosto, soñé que me encontraba en el medio del mar, azul y turquesa de arenas blancas. Estaba parada en el agua, y junto a mí, estaba el Spica cuando era niño, nadando en círculos frente a mí. De cuando en cuando, se hundía violentamente en el agua tranquila como si algo lo jalara por un pie, y empezaba a ahogarse angustiosamente. Entonces me acercaba yo y lo llevaba a la superficie, tomándolo firmemente por un brazo. La escena se repitió innumerables veces, y yo seguí sacándolo del agua, siguiendo un instinto que no me cansaba.

He tenido ese sueño tres veces más desde entonces. La última fue ayer. Pero esta vez, sabiendo que debía hacer algo para que el sueño no conquistara mis noches, hice el mayor esfuerzo de conciencia que pude.

Y lo dejé ahogarse. Recuerdo haber llorado mientras lo miraba agitarse bajo el agua clara, pero me quedé parada donde estaba. El mar comenzó a tornarse verde, el niño perdía las fuerzas bajo el agua. Entonces las burbujas cesaron, y sangre empezó a subir a la superficie, a dispersarse oscura y espesa hasta el lugar en el que yo estaba.
Me sumergí, agitada por el miedo y la adrenalina. Todo desaparecía y se volvía luz blanca.

Es la primera vez que me siento morir en un sueño.

Nox.

23 ago 2009

El acuario

Una tarde tranquila de sábado, ambientada por el brillo cálido del sol a las cuatro de la tarde. El shinigami da vueltas como siempre en su pecera, luciendo soberbiamente sus aletas y deteniéndose de cuando en cuando para mirarme. Shinigami. Un nombre tan poderoso hizo de mi pez un asesino.
Eso no detiene el arrebato de ternura en el que tomo su reino de cristal entre mis manos para ponerlo sobre mi regazo. Lo observo largo rato, sin dejar de sorprenderme por la belleza y la cadencia de sus movimientos. Entonces me guiña un ojo. Yo le guiño de vuelta. Me invita a seguirlo. Meto la cabeza en la pecera y suavemente me dejo caer en su interior, intentando no perder de vista el camino que me señala el shinigami. Lo sigo largo rato, sintiendo sobre mi piel desnuda la caricia de la corriente.
Aparece una puerta. Al cruzarla el agua desaparece, y sobre mi piel seca se teje un vestido azul profundo. Estoy en el pasillo de un acuario, extasiada por la singularidad de cada una de las criaturas que desfilan a mi alrededor. Me detengo a observar la enorme mantarraya, y sonrío al imaginar la sensación de su piel lisa y tensa. La mantarraya se levanta lentamente y se aleja de mí con cierta dulzura, dejando al descubierto un cuerpo conocido inerte en sobre la arena, tendido boca abajo.

Tenías los ojos abiertos y no dejabas de mirarme. Las anguilas vinieron a cubrir tu cuerpo nuevamente, y cuando se alejaron vinieron las anémonas, y las medusas, y luego las tortugas. Cuando llegaron las centollas me sonreíste y cerraste los ojos. Los hilos de sangre que emanaban de tu cuerpo se retorcían en el agua, y llegaron hasta el lugar en el que estaba yo, del otro lado del cristal, que se trizaba a su tacto.
Otra vez secuestrada en el imperio de mis propios sueños?

Nox.